La Geopolítica de la Energía en el Siglo XXI

(22 octubre 2013)

Por Gustavo Lahoud

– Introducción: las tendencias globales

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– Introducción: las tendencias globales

La problemática de la energía se ha convertido en los últimos años en un aspecto central de la planificación estratégica de los Estados en orden al logro de mayores niveles de seguridad energética, entendida contemporáneamente como un concepto multidimensional, que abarca no sólo el suministro de energéticos vitales para el crecimiento económico, sino la estabilidad en el abastecimiento, la accesibilidad al recurso y la sostenibilidad medioambiental implicada en la explotación de los mismos.

Precisamente, en las últimas dos décadas, los grandes actores públicos y privados que intervienen en la configuración del sistema energético en todos sus eslabones (prospección, extracción y producción, transformación, transporte, comercialización y distribución de la energía), han protagonizado una creciente puja por el acceso a y el control de recursos hidrocarburíferos de forma tal de garantizar un abastecimiento seguro y confiable en el tiempo. En efecto, tanto las grandes potencias como los Estados Unidos, las naciones de creciente peso político y económico- los BRICS- , los Estados nacionales con importante influencia regional en el Hemisferio Sur y los grandes conglomerados empresariales en el sector energético- ya sean públicos o privados- conforman en la presente coyuntura una trama de interrelaciones que le confieren a la cuestión energética una centralidad estratégica que no tenía desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial y la consolidación de la Pax Americana y del mundo bipolar. Este dato nos habla de que la energía y el pensamiento y la acción políticas en torno a su uso, control y preservación están hoy en el centro de la escena mundial. En esta dirección, Michael Klare1, uno de los analistas más relevantes en materia de geopolítica de la energía a nivel mundial, sostiene que todos los Estados nacionales, más allá de su relativa posición en términos de capacidades de poder e influencia en el sistema internacional, asumen la necesidad imperiosa de pensar estratégicamente la cuestión de los recursos energéticos de cara a la elaboración de una planificación de mediano y largo plazo que les permita lograr mayores niveles de seguridad en el acceso a las fuentes de energía, de manera tal de propender a la consolidación de márgenes de autonomía más amplios en el juego geoestratégico y geoeconómico de la energía, lo cual se traduce, en definitiva, en el reforzamiento de la soberanía energética.

Este escenario se agrava por lo que se conoce como el fin de la era del petróleo fácil, cuya contracara es el debate sobre el momento en que el sistema llegará al denominado peak oil, es decir, aquella situación configurada por el insuficiente crecimiento de las reservas de hidrocarburos de modo tal que permitan acompañar los crecientes niveles de extracción necesarios para sostener los aumentos persistentes en la demanda de los bienes energéticos. Téngase en cuenta que en los últimos años, más del 60% de la creciente demanda de hidrocarburos proviene de la región asiática ( China e India a la cabeza), en un contexto en el que las llamadas Compañías Petroleras Nacionales (CPN) de la mano de la recuperación de la planificación estatal en materia de política energética liderada por países como Venezuela, Brasil, Irán, Rusia, Nigeria, entre otros, ostentan el control de alrededor del 90% de la reservas probadas de hidrocarburos existentes en el mundo. Este es un eje indudable de conflicto que, lejos de mitigarse, se intensifica al compás del aumento de la puja por el control de recursos que son más escasos, lo cual hace que la geopolítica de la energía sea hoy una herramienta vital tanto para países productores como consumidores.

De hecho, la vieja fractura tectónica entre ambas categorías de naciones en el orden de la problemática energética ( países productores vs. países consumidores) que servía más bien para explicar las disputas en un mundo Norte-Sur dividido en torno a un conflicto político-ideológico y territorial durante la Guerra Fría, aparece hoy atravesada por una multiplicidad de interacciones y alianzas que hablan más bien de un nuevo juego geopolítico de la energía, con más actores que pujan por acceso y control a los recursos y, por ello mismo, con más tensiones e incertidumbres.

En ese contexto de alta volatilidad, no es casual que el debate en torno al futuro de la explotación hidrocarburífera esté dominado por el boom del petróleo y gas no convencional, otra de las características de una época signada por los altos precios, la creciente especulación financiara en torno a los commodities minerales y energéticos y la predominante percepción de estancamiento productivo en todo el sector a partir de la declinación constante de los yacimientos de hidrocarburos convencionales. En orden a poner en marcha este nuevo ciclo de los hidrocarburos, que el mencionado especialista en política internacional y energía, Michale Klare, denomina, eufemísticamente, “ir por lo que queda”, se deberían destinar ingentes recursos financieros, tecnológicos, humanos y naturales de forma tal de desarrollar una perspectiva de explotación comercial a gran escala que permita- en un mediano plazo- revertir la actual coyuntura de estancamiento. Según la Agencia Internacional de la Energía y el Departamento de Energía de los Estados Unidos, estos potenciales yacimientos de recursos no convencionales están en China, Estados Unidos ( único caso en el que la explotación de gas no convencional fue desarrollada en los últimos treinta años y que explica hoy alrededor del 25% del total de la oferta del fluido en el mercado interno), México y la Argentina ( nótese que el Plan Estratégico de la nueva YPF presentado en 2012, está fuertemente influido por escenarios de explotación creciente de recursos no convencionales en la cuenca neuquina). Este nuevo “El Dorado” que campea a escala planetaria, supondría la utilización intensiva de nuevos métodos prospectivos y extractivos (fracking) para dar con un recurso que está a muchas mayores profundidades y en formaciones de baja porosidad y permeabilidad y el uso de toneladas de litros de agua con una enorme variedad de agentes químicos, indispensables para que el gas y petróleo que está en estas formaciones fluya hacia la superficie. Todo ello plantea el interrogante de si es posible sostener un esquema productivo de estas características, sobre la base de una utilización intensiva y extrema de recursos vitales y estratégicos como el agua- lo cual abre, en principio, un debate sobre los usos y disponibilidad del recurso- y de agentes químicos que podrían plantear serios desafíos de sostenibilidad en términos medioambientales.

1 Ver Klare, Michael: Rising powers, shrinking planet. The new geopolitics of energy, Holt Paperbacks, Metropolitan Books, New York, 2009.

Fuente:

La Geopolítica de la Energía en el Siglo XXI

 

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