ONU en el siglo XXI: tan necesario, tan frágil

onu

Por Alberto Hutschenreuter

Muchos asuntos que tratar, muchos de los cuales en el interior de la misma organización

La elección próximamente de un nuevo secretario general de la Organización de Naciones Unidas ha re-centrado a la principal organización intergubernamental del mundo entre los temas más relevantes de cuanto sucede en materia de relaciones internacionales, entidades que congregan a Estados y nuevos actores.

Sin duda se trata de una cuestión por demás importante pues ello implica la elección del titular de la entidad intergubernamental no solo más multilateral del globo, sino la organización más directamente asociada con el propósito más loable del conjunto de naciones o (desde los enfoques esperanzadores) de la sociedad internacional: la mantención de la paz y la seguridad internacionales, según reza la misma Carta de la ONU.

A menos que se trate de un país que practique el total-aislacionismo como técnica de supervivencia y autoayuda en el mundo, ningún Estado puede ser crítico o ajeno al carácter imprescindible de la ONU, puesto que la entidad mayor supone un ordenamiento administrado, para utilizar los precisos términos de Oran Young, sin el cual prácticamente no sería posible en el planeta la vida internacional.

Suele ser habitual que los internacionalistas utiliccen, como idea gráfica efectiva, el término ciudad sin semáforos cuando intentan advertir lo que sería un mundo sin esa dimensión política, jurídica y de seguridad que hace posible que en lugar de un desconcierto exista un orden internacional. Un orden internacional implica la existencia de mecanismos que regularizan las relaciones entre los Estados y también proporcionan soluciones u orientaciones a cuestiones relacionadas con los pueblos, esto es, los otros grandes actores de la política mundial junto a los Estados. Y ello, en alguna medida, lo posibilita aquello  que se denomina el sistema de la ONU, es decir, la galaxia de regímenes u organismos especializados de carácter autónomo, programas y fondos que permiten que los múltiples issues, desde la salud hasta el trabajo pasando  las finanzas, el desarrollo, las armas, etc., puedan encontrar cierta disposición en base a esfuerzos, pautas y acuerdos alcanzados entre los Estados.

Ahora bien, en paralelo a este trabajo o funcionamiento relativo de la ONU, la organización afronta cuestiones que se consideran regularidades en la política internacional, que refrenan (cuando no paralizan) sus posibilidades relativas con la observación y la mantención del orden internacional y el orden mundial, es decir, siguiendo la categorización realizada por el gran internacionalista Hedley Bull, cuestiones entre Estados y cuestiones concernientes a los pueblos, respectivamente.

En relación a las cuestiones entre Estados, particularmente entre actores poderosos o preeminentes, la sentencia realista de Churchill respecto con que ningún país fuerte permitirá que una organización internacional adopte decisiones por ellos es desfavorablemente contundente para los fines superiores de la organización. Basta con seguir el curso de los acontecimientos que tienen lugar en las tres principales placas geopolíticas del mundo, esto es, Asia-Pacífico, Medio Oriente y Europa centro-oriental, para comprobar que en esos tres cinturones de tensión y fragmentación entre actores mayores y actores medios del orden interestatal, las capacidades y las misiones oficiosas de la organización intergubernamental para lograr que las partes en pugna o bajo rivalidad se orienten hacia acuerdos que impidan eventuales escaladas militares no solo son frágiles, sino que en cuestiones entre Estados poderosos que hacen lo que pueden, como los categorizaba Tucídides para diferenciaros de aquellos que sufren lo que deben, las posibilidades de injerencia de la organización prácticamente se reducen a cero.

Más allá de estas placas de rivalidad entre Estados mayores refractarios a todo papel de organización, la intervención de una coalición de potencias medias bajo autorización de la ONU no siempre implica que dicha intervención se realice siguiendo estrictamente los parámetros onusianos, por caso, cuando se intervino en Libia, en 2011. Si bien la finalidad de la intervención era proteger la vida de los libios (Resolución 1973), sin que interviniera la organización, durante la acción los países de la OTAN alteraron esa finalidad anteponiendo sus intereses, hecho que desnaturalizó el principio de responsabilidad de proteger que defiende y promociona la ONU.

Pero el rechazo a la intervención de la organización va más allá del coto de poder que imponen los actores mayores o preeminentes: en marzo de este año Marruecos, uno de los actores más militarizados de África pero muy por debajo de aquellos, expulsó de su territorio al personal de MINURSO, la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental, porque el secretario general de la organización, Ban Ki-moon, juzgó como ocupación la situación actual del territorio.

De manera que las posibilidades de la organización en relación con el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales se ven paralizadas en las cuestiones que tienen lugar en el segmento de las potencias superiores e incluso de rango menor. Pero la organización también encuentra serias dificultades en relación con el amparo de pueblos que sufren las consecuencias de violentas confrontaciones intra-estatales, por caso, en Siria, donde hasta marzo de 2016 habían muerto más de 273.000 personas según datos del Observatorio Sirio de Derechos Humanos.

Más allá de los disensos entre Estados Unidos, Rusia y China, en buena medida la parálisis de la ONU en la guerra siria obedece a la desnaturalización que sufrió la intervención multilateral autorizada por el Consejo de Seguridad en Libia. Pero también obedece a que la organización afronta dificultades extremas para sostener su intervención en cualquier escenario intra-estatal donde el clima de belicosidad es alto o incluso medio, por caso, Sudán del Sur, República Democrática del Congo, Costa de Marfil, etc.

Por ello, aparte de las clásicas misiones de primera generación, es decir, observación y mantenimiento de treguas y separación entre partes, las actividades de la organización en relación con su propósito mayor se van reduciendo a gestionar la evacuación de cientos de personas que quedan atrapadas en medio de guerras internas. Por otra parte, el reto que implica el terrorismo transnacional supera las mayores capacidades de una organización pensada para afrontar cuestiones entre Estados o hacia dentro de los Estados; pero el empleo de la diplomacia pública ante actores de naturaleza evanescente y sin dimensión jurídica ni negociadora, deja desamparada a la organización.

Más allá de estas dificultades casi irreductibles que afronta la ONU en el siglo XXI, puesto que las mismas implican políticas como de costumbre en la política internacional, es decir, políticas que favorecen el interés y la seguridad nacional primero, existe una pluralidad de cuestiones, muchas de ellas  propiamente internas, que, como muy bien advierte Brett Shaefer en su pertinente obra,  CoNUndrum. The Limits of the United Nations and the Search for Alternatives, exigen que la organización sea reestructurada, pues, de no hacerlo, afirmará su condición de lateralidad internacional y continuará siendo utilizada por los grandes poderes para proyectar poder a través de ella y lograr fines acordes con sus intereses nacionales.

Fuente:

http://www.lindro.it/onu-en-el-siglo-xxi-tan-necesario-tan-fragil/

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